¿Y usted cómo se llama?

Lo veo. Cada vez más claro. Y creo que funcionaría muy bien. José María Aznar podría dedicarse al monólogo -en realidad siempre lo ha hecho- de manera profesional, es decir, en plan estrella del humorismo casposo, rancio y cavernario, con programa de televisión en prime time. Con una legión de seguidores incondicionales y aduladores babosos aplaudiéndole y riéndole las gracias, el tipo se crece, no hay más que verlo, se viene arriba, como esos predicadores que se instalan en el delirio con el fervor de una multitud en trance, llorando y revolcándose por el suelo.

¿Y usted cómo se llama?, le preguntaría algún despistado al tropezarse con él en la calle. La soberbia, vestida con traje oscuro, camisa blanca y corbata azul celeste lo increparía mirándolo desde las alturas con desprecio e indignación y le diría “yo no tengo que pedir perdón”. Y con una voz de trueno, sin abrir la boca, sentenciaría antes de continuar su camino: “Yo soy”.

Fernando Prado.

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