Elena

Elena es camarera. Trabaja 10 horas diarias y libra un solo día a la semana. Cobra 1.000 euros al mes. Es madre soltera. Ahora, gracias a la campaña de Ayuso podrá pagar las clases de piano de su hijo porque “las propinas hacen posibles esos pequeños sueños”. No son sueños, cabrones, es dignidad. Lo que pasa es que lo queremos todo. Queremos salir a cenar, ir al cine, acceder a los museos, salas de teatro y cines, disfrutar de un concierto, poner la calefacción, irnos de vacaciones; queremos que nuestros hijos tengan una educación de calidad, apuntarlos a piano, a fútbol, a ballet, a natación. Queremos llegar a fin de mes, dejar los ansiolíticos, quitarnos la soga del cuello.

Es fácil oponerse a un incremento del SMI argumentando -sin ningún fundamento- que destruiría empleo -los datos demuestran lo contrario-. Es fácil concebir y lanzar una campaña pagada con dinero público para fomentar que los consumidores dejemos más propinas en los bares. Es fácil cuando cobras más de cien mil euros al año -es decir, más de 8.000 euros al mes-, como presidenta de la Comunidad de Madrid y cada mañana le dices al espejo que eres la más bonita del reino.

No se trata de dignificar los salarios de los trabajadores de uno de los sectores más precarizados y en los que más abusos se cometen, que es el el de la hostelería; eso destroza a la pequeña y mediana empresa. Se trata de que nos enrollemos y saquemos la calderilla que nos pesa en los bolsillos para que aquellos que nos atienden cada día -y nos soportan- puedan vivir mejor. El mensaje está clarísimo. Esto se llama limosna. Y es un asunto de clase. Puede parecer una “ayusada”, pero es la manera de pensar de millones de personas en este país y de muchísimos empleadores. La realidad -y ellos lo saben, pero les importa un carajo- es que cualquier persona con un salario de mil euros está condenada a vivir en una permanente postergación, en riesgo de pobreza y exclusión.

Pretender que la mejora de las condiciones económicas de los trabajadores dependa de las propinas que tú o yo decidamos dejar en función de la atención que recibimos o de lo bien o mal que nos cayó el pringado de turno es aberrante. Derechos, no limosna.

¡Venga, hijos de puta, soltad la ferralla que es Navidad!

Fernando Prado.

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