Hombre en la Luna

HOMBRE EN LA LUNA 2

Para la Fundéu (Fundación del Español Urgente) la palabra del año 2015 es refugiado. Esta fundación, promovida por el BBVA y la Agencia EFE creyó que era necesario aclarar la diferencia entre refugiado e inmigrante, no vaya a ser que nos confundamos y que dicha confusión nos genere problemas de descomposición. Europa, en lo referente a los refugiados, ha aplicado más bien una política de estreñimiento, encogiéndose en sí misma, un acto de constricción sin precedentes ante lo que algunos denominan una “invasión organizada” del continente blanco.

A un viajero del tiempo le resultaría incomprensible todo este follón y la necesidad que tiene el ser humano, en pleno siglo XXI, de hacer diferencia entre colores de piel, religiones y procedencias, como si solo unos pocos tuvieran derecho a entrar en el paraíso. En este paraíso que es Europa también hay desechos de los que nadie se ocupa; no hace falta señalar en un mapa los lugares conflictivos del planeta si lo que queremos es encontrar miseria e injusticia, pues están girando la esquina de cualquier barrio.

Desde la publicación de la foto de Aylan Kurdi muchos se han puesto solemnes y han gritado indignados. Todos hemos exclamado en medio de un suspiro que el niño de la foto podría ser nuestro hijo y, acto seguido, le hemos dado otro sorbo al café. Es decir, que hemos seguido con nuestras vidas como si nada. Continúan muriendo personas intentando cruzar el Mediterráneo mientras nos ponemos ciegos de comida y nos regalamos cosas estúpidas.

La palabra del 2015 debería ser vergüenza. La primera definición de la RAE (cuánta falta nos hace visitar las páginas de su diccionario) para esta palabra es la turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante.

A veces la única manera de continuar adelante es mirar hacia atrás, al lugar del que venimos. Lo que nos hace iguales no es la racionalidad, la inteligencia, los sentimientos ni poseer un sistema nervioso central; no somos iguales por creer en los mismos dioses que nos hemos inventado para aliviar la horrible angustia de una existencia finita, sino porque tenemos la capacidad de soñar.

El niño que escapa de la guerra, la violencia y la destrucción, la mujer que camina sobre las vías de tren de la vieja Europa o el hombre aterido de frío que atraviesa los campos llenos de barro deberían ser motivos más que suficientes para avergonzarnos.

A veces sueño que me siento en la luna. Un instante de paz.

Feliz año.

Fernando Prado.

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